ANTONIO LASCURAIN HUERTA
14 Agosto 2010
Joseba Pagazaurtundua, jefe de la Policía en Andoain, un municipio de Guipúzcoa, en el País Vasco español, fue asesinado el 8 de febrero de 2003. Cuando llegó a desayunar al bar Daytona, su verdugo lo esperaba ya.
El etarra Gurutz Agirresarobe Pagola leía los diarios y tomaba un café. Con cobarde frialdad, esperó el momento más indicado. Cuando el lugar se despejó, fue hacia el sargento y le disparó cuatro tiros. Acertó tres.
La llamada Policía Científica española analizó el escenario del crimen y descubrió muestras de ADN en la taza de la que había bebido el homicida. Durante siete años, aquella evidencia fue comparada con el ADN de todos los detenidos relacionados con delitos de terrorismo y violencia callejera, en España y Francia, donde también opera ETA.
Finalmente, cuando hubo indicios firmes de que Agirresarobe era el culpable, la Policía desplegó un control de alcoholemia en las proximidades del sitio donde había sido ubicado. Los restos de su saliva confirmaron que era el mismo ADN de la taza de café y el etarra fue detenido el 4 de agosto. Se tardaron siete años y medio, pero no olvidaron e hicieron justicia al policía caído.
La semana pasada, el secretario de Seguridad Público federal Genaro García Luna dio en Puerto Vallarta una plática sobre el nuevo modelo de policía que propone. Surgieron muchos datos que fueron resaltados por los medios, especialmente los pobres ingresos de los agentes, los sobornos que calcula el funcionario que reciben de las mafias y el número de policías muertos durante el aciago sexenio del presidente Felipe Calderón: 2,076, hasta el mes pasado.
Ligo el caso del sargento socialista vasco sacrificado con la plática del Secretario porque lo que no dijo García Luna, y mucho me temo que ni siquiera sabe, es cuántos de estos 2,076 casos de asesinato han sido resueltos, cuántos asesinos purgan condena o esperan sentencia por lo que hicieron y cuántos otros permanecen impunes.
De acuerdo con García Luna –que como se sabe busca una transformación radical del modelo de seguridad- en nuestro País hay 427 mil 354 policías en activo. ¿Son pocos, son muchos, faltan, sobran, son los adecuados?
No hay manera de saberlo. De acuerdo con las estadísticas del Secretario, la dramática cifra de policías muertos en tres años y medio corresponde apenas al 0.48% de los efectivos totales. Pero ese minúsculo guarismo ni por asomo refleja el drama que supone esa terrible matanza.
En el número de julio de Nexos, Eduardo Guerrero Gutiérrez, investigador del Colegio de México y la UNAM, da algunas buenas pistas para el análisis de los cuerpos policiales. De acuerdo con su texto Los hoyos negros de la estrategia contra el narco, el Gobierno Federal ha avanzado en su esfuerzo de fortalecimiento institucional y un punto esencial ha sido la inversión de grandes sumas en crear una Policía Federal más profesional, mejor equipada.
Sin embargo, Guerrero demuestra que este esfuerzo federal no ha contado con el apoyo de estados ni municipios, como sugieren los datos sobre las fuerzas policiales locales. Chihuahua, el estado más violento del País, registra un aumento de cero policías entre 2007 y 2009. Algo similar a lo que ocurre en Guerrero, Michoacán, Nuevo León y Baja California, todos ellos estados bajo fuego.
De acuerdo con el análisis del investigador, el promedio nacional de aumento en el número de efectivos de las policías estatales es de 8.93% y en el de las policías municipales, de 8.60%. Basta comparar esta cifra con, por ejemplo, el incremento en el número de ejecuciones, que pasó de 2 mil en 2007 a más de 8 mil en 2009.
Más allá de esto, ¿la disminución o el aumento de policías tienen algún impacto en el crimen? En su irreverente libro Freakonomics (Ediciones B), Steven D. Levitt y Stephen J. Dubner, establecen de una manera muy amena que así es.
Explican cómo el crimen violento aumentó 80% en Estados Unidos entre 1974 y 1989 y en los 90 comenzó a descender de manera tan sorprendente que gobernantes y especialistas tardaron tiempo en darse cuenta e incluso creérselo.
Los autores apuntan que entre 1960 y 1985, el número de agentes de Policía descendió en EU 50% en relación con el número de criminales. En los 90, la tendencia cambió y los nuevos agentes no solamente actuaron de forma disuasoria, sino que ayudaron a capturar a criminales que de otra forma hubieran seguido libres. Y esa fue la diferencia.
Levitt y Dubner demuestran incluso que famosas historias de éxito como la del alcalde neoyorquino Rudolf Guiliani y su jefe de Policía, William Bratton, que privilegiaron enfoques innovadores como el de la teoría de la ventana rota (más conocida como cero tolerancia), tuvieron en realidad poca incidencia en el fenómeno de la disminución de la delincuencia.
La tuvo en cambio del hecho de que entre 1991 y 2001, el Departamento de Policía de Nueva York creció en 45%, más del triple de la media nacional, lo que en realidad marcó la diferencia, como lo evidenciaron, por la misma época, aumentos de efectivos en otras fuerzas de seguridad norteamericanas, si bien menos espectaculares.
(Por cierto, los autores de Freakonomics postulan que la causa principal de la reducción de los fenómenos violentos en Estados Unidos fue la decisión de legalizar el aborto, adoptada por la Suprema Corte de Justicia el 22 de enero de 1973, pero de eso mejor ni hablamos).
¿Son pocos nuestros policías, son muchos, nos faltan o no? ¿Servirá de algo un cambio radical en el modelo? Cuántas interrogantes y qué pocas respuestas, mientras los políticos parlotean y defienden a capa y espada todo lo que nos hizo llegar al abismo en el que estamos.