octubre 09, 2010

¡Santo pastelazo, Batman!

  

¿Por qué la gente ya no atiende a los santos patrones y si celebra  los días comercialmente instaurados, como el día del anciano (¡Grrr!), el de la madre, el del niño, el del padre, el de la enfermera, el día  del compadre,  etc., etc.?

La respuesta es muy sencillla: es más fácil orquestar campañas publicitarias orientadas a grupos específicos y en fechas específicas. Las posibilidades de obtener utilidades son mucho mayores.
 
- Mañana es santo del benjamín.
- ¡Y a mi qué?
- Hay que felicitarlo y comprarle un regalo; hacerle un pastel, invitar a sus amiguitos.
- Ya lo felicitaremos cuando sea día del niño, ahorita no me molestes.

Antes la gente estaba muy al pendiente del santoral y de agasajar a las personas por su santo.

Ahora no. Es ya una añorada y nostálgica costumbre, no nos queda  más que apechugar y decidir.

Optar por la alternativa de dejar de felicitar a los nuestros ya sean parientes, amigos o  compañeros de trabajo, etc. U optar por dejar en paz esa costumbre tan rica.

¿Por qué rica?

La felicitación que recibimos nunca pasa desapercibida en nuestro estado de ánimo . Aun cuando venga de una persona un tanto lejana, inconexa, aun cuando no se sienta mucha sinceridad en el desplante. Como venga lo agradecemos y nos sentimos a gusto; de manera inconsciente o  quizá por todo lo que implica. Recitó alguna vez San Gabbónimo.

Para empezar. La persona que nos felicita tiene un interés, por lo menos, amable. La persona ha tenido también la voluntad de que ese noble interés trascienda más allá de su cerebro. Ha tomado cartas en el asunto, es decir, ha llevado a los hechos su determinación modificando la realidad exterior y generando un cambio positivo en élla. La felicitación que recibimos implica que la persona se trasladó ya física, ya electrónica o cibernéticamente hablando o todas ellas  con su alegre mensaje.


“Hoy es día de San Tiburcio… ¡Felicidades tiburoncito!”


Para esto, una de dos:  o se trata de alguien organizado y atento que día a día le sigue la pista al calendario y su santa secuencia o lo tiene en mero enfrente de sí o algo que no imagino. Mas    es el caso que alguna logística hubo de suceder para que el tipo o la chica identificaran el día como el santo de la persona en cuestión.

El santo, (no hablo del enmascarado de plata sino de aquel sujeto o tipa que por sus actos , que por sus actos, repito,  actitudes o poderes sobrenaturales –milagros–, resultó agraciado en un proceso religioso que lleva este nombre: santificación. Llegó a ser tan popular y vehemente en su influencia que hasta materia de esparcimiento social resultó.

Si,  hasta chistes se crearon al respecto y millones risas fueron  evocadas.

¿Cuál es el santo más ladino? San Casmeo.
¿Cuál es el santo más movido? San Goloteo.

Algunos no eran nada graciosos pero ahí estaban repitiendose en chorchas y reuniones de mandíbulas y abdómenes dolidos.

¿Cuál es el santo  más grande? San Enorme o San Inmenso.
¿Cuál es el santo más “higadito”? San Grón.

Las alusiones, a veces tenían su ingrediente de fe, de intención y deseo.

El santo de mi compadre.

(Nadie sabe lo que cada quién tiene en su consciencia.)

¿Pero, es que ningún santo es apoyado por la poderosa maquinaria del dinero? 

Si. Los santos y santas populares siguen teniendo su publicitaria mención, manipulación y, en una de esas, distinción.

Ahí tienen a la nunca tocada Guadalupe, el día de las Lupitas  tiene un lugar muy especial en las campañas mercadotécnicas. Restaurantes, tiendas de regalos, floristas, perfumerías y moteles ven en su día un muy especial motivo de ganacias.

San Martín, con todo y su magna obra (radicada en la tolerancia, el apechugue desinteresado y la humillación social, quizá) no ha recibido de la feligresía ni el empresariado su justa retribución.

 San Jorge, ¡Menos!

Pero qué tal San Valentín… Ese santo sin deberla ni temerla se regodea cada 14 de febrero en el hit parade de los iluminados agasajos. 

“¡Aaay! ¿Cuántas chicas pierden el día de San Valentín lo que se pierde solo una vez?”

“¿Cuántos seres humanos pre-embriones no fueron apasionadamente requeridos ese día tan romántico?”


Y hasta su toque de morbosidad adquiere el santerío.

El señor Clos, debe su nombre a un sitio en la recámara:  a un lugar en el que tradicionalmente se guarda la ropa, se esconde al vecino, ¡se oculta la droga! O la revista para caballeros.

Debío ser San Clos pero no.

Resultó ser:  “SANTA”. Santa Clos. Por que viene del closet.

Ya para terminar enumero a los Santos de Nueva Orleans y el Santos Laguna como una herramienta de convencimiento para que retomemos esa sana costumbre de felicitar a nuestros seres queridos en su santo. Aunque sean estos unos perfectos diablillos.

Gracias por leerme.

Sinceramente .

Jorge Gabriel Jiménez Patiño.